Abr 12 2018

Desempolvando la historia

Marco van Basten

Marco Van Basten nació el 31 de octubre de 1964 en Utrecht y como jugador se inició en el legendario Ajax Amsterdam de Holanda, desde donde dio el gran salto futbolero al firmar con el Milan de Italia.

A la temprana edad de 16 años debutó en primera división holandesa con el Ajax, con el que pronto comenzó a destacar en la posición de delantero centro, y ganó 3 ligas, 3 copas y una Recopa de Europa en el 87. Fue en 3 ocasiones máximo goleador de la Liga Holandesa, y en el 86 se llevó la Bota de Oro, por ser el máximo goleador europeo. En total, con el Ajax jugó 133 partidos marcando 128 goles unos números asombrosos para esa época.

Viendo su talento, el mandatario italiano Silvio Berlusconi, presidente del Milan, compró sus servicios junto a Ruud Gullit en 1987, y los de Frank Rijkaard en 1988. En el primer año con el Milan Van Basten logró un scudetto, algo que el club italiano hacía ocho años que no conseguía.

Desde esa época data su lesión fastidiosa en el tobillo, a pesar de eso, en 1988 salió campeón en la Eurocopa con una actuación excelente, incluyendo tres goles contra Inglaterra y una volea espectacular en la final ante la Unión Soviética.

Fue el futbolista europeo del año en la temporada 1988-89, anotando 19 goles en la Serie A con el Milan que se coronó campeón de la Copa de Europa ante el Steaua de Bucarest (al año siguiente repitiría título ante el Benfica). Fue goleador de la Liga Italiana en 1989-90. En 1991-92, se coronó campeón con la escuadra italiana y también goleador con 25 tantos. Ganaría aún otro título italiano más en 1992-93.

Con la selección de su país jugó 58 encuentros y fue en total tres veces futbolista europeo, un éxito semicompleto en su curriculum deportivo debido a su reincidente lesión.

Su último partido lo jugó para el Milan en la Liga de Campeones en aquella final perdida ante el Marsella, corría el año 1993 y San Marco, como lo llamaban los hinchas milaneses, apenas tenía 29 años cumplidos, final prematuro para una carrera que pudo seguir siendo exitosa.

Pero siguió ligado al fútbol, tanto que el antiguo gran goleador y tres veces Balón de Oro (1988, 1989 y 1992), es seleccionador holandés desde el 29 de julio de 2004.

 

Palmarés

Campeonatos nacionales

Título Club País Año
Eredivisie Ajax Ámsterdam Países Bajos 1982
Eredivisie Ajax Ámsterdam Países Bajos 1983
Copa de los Países Bajos Ajax Ámsterdam Países Bajos 1983
Eredivisie Ajax Ámsterdam Países Bajos 1985
Copa de los Países Bajos Ajax Ámsterdam Países Bajos 1986
Copa de los Países Bajos Ajax Ámsterdam Países Bajos 1987
Scudetto AC Milan Italia 1988
Supercopa de Italia AC Milan Italia 1988
Scudetto AC Milan Italia 1992
Supercopa de Italia AC Milan Italia 1992
Scudetto AC Milan Italia 1993

Campeonatos internacionales

Título Club País Año
Recopa de Europa Ajax Ámsterdam Atenas 1987
Eurocopa Países Bajos Alemania 1988
Copa de Campeones de Europa AC Milan Barcelona 1989
Supercopa de Europa AC Milan Italia 1989
Copa Intercontinental AC Milan Tokio 1989
Copa de Campeones de Europa AC Milan Viena 1990
Supercopa de Europa AC Milan Italia 1990
Copa Intercontinental AC Milan Tokio 1990

 

 

El Milan de Sacchi

Italia siempre ha vivido acompañada del término ‘catenaccio’. Su fútbol ha estado a la sombra de las reticencias ofensivas y la acumulación de defensas por detrás del balón. A lo largo de los años se ha acusado de ese afán resultadista a todos los equipos italianos, pero como en cualquier generalización, existen ciertas excepciones. El Milan de finales de los 80 y comienzos de los 90 es una de ellas. Un equipo cuya habilidad defensiva fue empleada para desplegar un torrente de recursos en ataque que le permitió elevarse hasta la categoría de leyenda. Pero no una cualquiera, sino una que quizá le sitúe entre los cinco equipos más grandes de todos los tiempos.

Más allá de los títulos obtenidos o los jugadores en nómina que se sucedieron por el conjunto ‘rossonero’, en el reciente recuerdo permanece un fútbol de alta escuela, con conceptos pioneros que dieron una vuelta de tuerca más a este deporte, y una filosofía de juego compleja a la par que atractiva. Su defensa en zona, la presión adelantada la ocupación de los espacios en ataque marcaron la seña de identidad en un equipo surgido del cerebro de un genio de los banquillos: Arrigo Sacchi.

Algo antes de su llegada, un tal Silvio Berlusconi aterrizaba en Milanelo para recuperar a un equipo azotado por los escándalos y los fracasos deportivos. Dispuesto a colocar al Milan entre los más grandes, Berlusconi realizó el esfuerzo económico necesario para reflotar al gigante italiano. Sin embargo, faltaba un talento en el banquillo que supiera encajar todas las piezas y liderara con personalidad un proyecto ambicioso. Esa punta del iceberg llegó en un partido de Copa donde, un recién ascendido Parma protagonizaba el primer revés de la ‘era Berlusconi’. Al finalizar el encuentro, el mandatario ‘rossonero’ preguntó a un ayudante: “¿Cómo se llama el entrenador del Parma?” “Arrigo Sacchi”- repuso-. “¿Arrigo qué?“. Jamás se le volvería a olvidar ese nombre. Ahí arrancaba el mejor Milan de la historia.

Un equipo al que llegaron Galli de la Fiorentina, Donadoni de la Cremonese, Colombo del Avellino, Ancelotti de la Roma, Virdis de la Juve o Evani de la Sampdoria. Pero hubo tres incorporaciones que marcaron, por encima del resto, el destino de este Milan. Un trío de holandeses que pusieron la nota exótica y distintiva. El factor diferencial que distingue a los buenos equipos de los eternos. Ruud Gullit, del PSV, Frank Rijkaard y Marco Van Basten, del Ajax, completaron un equipo de ensueño en el que la gente de la casa como Baresi o los jóvenes Maldini, Costacurta y Tassoti añadieron el sentimiento, el orden y el compromiso.

El salto de calidad holandés
El resultado fue un colectivo magistralmente coordinado, con un Baresi imperial en la retaguardia que ordenaba el ‘pressing’ a la voz de ¡¡Milán!!, un tridente en el mediocampo donde Rijkaard ponía la cordura táctica aderezada de elegancia, y una conexión arriba en la que el despliegue físico y la amplitud de recursos de Gullit acompañaban al mayor genio de los once, Marco Van Basten. El genial delantero tulipán era un virtuoso del remate. Pocos puntas en la historia han gozado de tantas alternativas para acabar las jugadas. Muy pocos.

En la Era Sacchi el Milan ganó un Scudetto, una Supercopa de Italia, dos Copas de Europa, dos Supercopas de Europa y dos Intercontinentales

En el primer año con Sacchi al frente, ese Milan alzó el ‘Scudetto’ y la Supercopa de Italia. En el torneo doméstico, con Van Basten lesionado durante gran parte del curso, consigue mantenerse al ritmo del Nápoles de Maradona hasta las últimas jornadas. A falta de tres, y con delantero referencia ya recuperado, supera por fin en la clasificación al equipo del ‘Pelusa’ ganándole en su propia casa por 2-3, con un doblete Virdis y otro tanto de Van Basten.

La gesta despierta el optimismo ‘rossonero’ de cara al gran reto que espera la próxima temporada: la Copa de Europa. El objetivo es ambicioso y merece plena dedicación. Los jugadores pasan ocho horas en Milanelo y se entrenan en doble sesión, cuatro horas de balón y físico y cuatro horas de entrenamiento táctico. Se despiertan pensando en fútbol, se acuestan pensando en fútbol, comen con el fútbol en la cabeza. Bueno, esto último no. Al menos no para Van Basten. Así lo contó Santiago Segurola hace tiempo en uno de sus artículos: “La obsesión de Sacchi le ocupaba todos los minutos del día. Un día se acercó a Van Basten mientras el jugador almorzaba. Quería precisar un detalle del juego, un problema menor que a Sacchi le parecía inaplazable. Van Basten no aguantó más. Se giró y miró a Sacchi. “Mientras como, no”, contestó“.

Preparado para lidiar con las grandes potencias europeas, el Milan sufrió en los inicios ante un gran Estrella Roja y un correoso Werder Bremen. A partir de ahí, llegó la exhibición. Vapuleó en un partido histórico al Madrid de la ‘Quinta del Buitre’ con una manita grabada a fuego en el corazón de los merengues y, en la final, se paseó ante el Steaua de Bucarest de Lacatus y Hagi (4-0) con sendos ‘dobletes’ de Gullit y Van Basten. Muy pocas veces se vio ganar a un equipo máxima competición continental con la suficiencia que lo hizo el de Sacchi.

En ese momento dulce, competiciones como la Supercopa de Europa (ante el Barcelona) o la Copa Intercontinental (frente al Atlético de Nacional colombiano) aumentan el palmarés y prolongan el misticismo de un conjunto que enamora allá por donde pasa. Curiosamente, la mayor competencia la encuentra en la Serie A, donde el Inter y el Nápoles consiguen romper momentáneamente su hegemonía.

Y lo consiguen, entre otras razones, por la prioridad que desde el club se da a la competición europea. Como vigente campeón, el Milan vuelve a saborear la gloria en el torneo más importante. De nuevo los ‘rossonero’ caminan con paso firme por los grandes estadios del resto del continente y el Madrid de la ‘Quinta del Buitre’, nuevamente, o el siempre difícil Bayern de Múnich, se echan a un lado en el trayecto hacia un nuevo título. En Viena, ante el Benfica de Eriksson, un solitario tanto de Rijkaard es suficiente para que el Milan logre su segunda Copa de Europa consecutiva.

 

Vuelven a caer la Supercopa de Europa (ante la Sampdoria) y la Intercontinental (ante el Olimpia de Paraguay) pero la ‘era Sacchi’ toca a su fin. Hay quien dice que esa etapa finalizó el día en el que los focos del Velodrome se apagaron. El Milan iba camino de su tercera Champions pero el Marsella se interpuso en su inmaculada trayectoria. Tras el 1-1 en Italia, el equipo de Sacchi caía por 1-0 cuando parte del terreno de juego se quedó a oscuras. Se detuvo el choque y el Milan, en señal de protesta, decidió no saltar al campo. La eliminatoria se le dio por perdida y las críticas no se hicieron esperar.

Saccchi hizo las maletas rumbo al combinado nacional y Capello heredó un equipo perfectamente estructurado y con el gen de campeón. Pero ya no fue lo mismo. Los títulos cayeron por su propio peso, pero con otros jugadores y un estilo nuevo. Fue la inercia ganadora, pero sin el sello Sacchi.

Una última noche con Marco Van Basten

Que la vida es un tiovivo seguro que lo ha dicho alguien antes; incluso puede que sea una frase manida. Sin embargo, no deja de ser cierto que el infierno y el paraíso, el éxito y el fracaso, la suerte y la desgracia, están tan cerca que a menudo parecen hermanos. De esto sabe un jugador especialmente talentoso, brillante y efervescente, y, curiosamente, no mitificado por la desgracia, sino casi olvidado por su intrascendencia posterior. Marco van Basten es, según una votación pública de su país, el segundo mejor jugador de la historia de Países Bajos. Solo superado por uno de sus padres futbolísticos, Johan Cruyff. No hablamos de un cualquiera, sino de una estrella que lo tuvo todo, incluso un tobillo de cristal, para ser eterno.

Las estrellas tienen grandes noches y es enormemente difícil seleccionar una cuando se han conseguido tres Balones de Oro (segundo de la historia con más galardones), pero, obviando el flash de la Eurocopa de 1988 contra la URSS en la que van Basten marca de bolea escorada y fulminante a la escuadra contraria, Marco, glorioso y desgraciado cisne holandés, firmó un verso de oro en la primera Champions League de la historia. Él no sabía que aquella noche sería su última verdadera gran noche y la primera grande a nivel individual de la mejor competición de clubes del mundo, pero la historia así lo recuerda

 

Marco van Basten había llegado al Milan en 1989 después de ser ‘Bota de oro’ y ya estrella en el Ajax. Su aclimatación fue lenta, pese al talento que rodeaba al holandés. Lesiones, fútbol distinto y una personalidad singular no ponían las cosas especialmente sencillas, pero El Cisne de Utrecht lo hizo y de qué manera. Tras temporadas exitosas a todos los niveles, aparecía la temporada 1992-1993, donde ya Van Basten comenzó a firmar actuaciones discontinuas, aunque brillantes. Y llegó el día.

25 de noviembre, Milan. Ni frío ni calor, sino todo lo contrario. San Siro recibía al Göteborg en la fase de grupos. La máxima competición europea, con nombre nuevo, se estrenaba en el que quizá era uno de los equipos del momento. Todos los focos estaban puestos sobre el Milan que comandaba Capello desde el banquillo y los Rijkaard, Baresi, Costacurta, Maldini, Gullit, Papin o Van Basten desde el campo. El equipo imponía desde el primer hasta el último nombre, pero ese 25 de noviembre tenía una inscripción reservada para el mejor de todos ellos, ya no solo por el cómo sino por la forma. Sin embargo, los primeros veinte minutos fueron del Göteborg, que dominó el espacio y dispuso de alguna contra. Papin, el último Balón de 0ro, había llegado al Milan para acompañar arriba a Van Basten. Tuvo dos ocasiones claras (un tiro al palo y un uno contra uno delante del portero). Papin, goleador por castigo, falló. Aquella noche tenía un nombre escrito y los astros, que ninguno existe pero todos parecen alinearse, se volcaron a favor de Van Basten.

La temporada anterior, El Cisne de Utrecht ya había tenido problemas con las lesiones. Su tobillo y su rodilla habían saludado de mala manera y tuvo interrupciones serias. Aquello parecía una advertencia y fue acarreando a Marco, pero él siguió jugando. La temporada del Milan comenzó arrolladora en Liga y todos querían que la Champions no fuese menos. Realmente, la plantilla lo exigía así, pues nombre a nombre cortaba la respiración. En Europa ya iban dos temporadas sin asomar la cabeza y les tocaba. Todos convencidos. Desde Il Cavaliere, que ya mandaba, hasta Van Basten. El balón llegaba raso desde la banda y Van Basten, con ese bendito recurso que es tener ojos en la parte posterior de la cabeza, dejó que pasara para que Papin le devolviera una falsa pared. El holandés había driblado a un rival con la finta y se plantó a la altura del punto de penalti para proteger como un genio delante del defensa que le empujaba, usar su elegante cuerpo y mandarla a la escuadra. 1-0 y dos acciones de genio. Lentini comandó un contragolpe del Milan. Cuatro contra tres. El italiano, que corría como si le estuvieran robando en casa, disparó desde la frontal con rotunda comodidad y mandó el balón también al palo. El partido suspiró y miró a los ojos de Marco Van Basten.

Capello, ante las bajas de aquel partido, había situado a Massaro, que oficiaba habitualmente como delantero, de lateral izquierdo por la baja de Maldini. Defensivamente el equipo se había resentido, pero en el minuto 50 comenzaría el principio de la gran noche que devino en historia. Papin centró desde la banda derecha y Van Basten provocó un penalti mientras forcejeaba con el defensa. El balón le pasó por debajo del cuerpo a Ravelli (portero del Göteborg) y 2-0. El partido había vuelto a guiñar el ojo al Cisne.

Aquella noche tenía un nombre escrito y los astros, que ninguno existe pero todos parecen alinearse, se volcaron a favor de Van Basten

Van Basten había completado, hasta la fecha, un año bueno con el Milan, pese a las interferencias, y una Eurocopa discreta con su selección, donde brilló su competencia, un delantero joven del Ajax que se llamaba Dennis Bergkamp, aunque El Cisne también fue elegido dentro del mejor once del torneo. Su 1992, desde luego, no apuntaba más que a lo colectivo de la temporada que acababa de comenzar. Sin embargo, es posible que el 3-0 cambiara todo y no solo por la cuestión numérica del resultado, sino también para el ánimo de Hristo Stoichkov. Van Basten recibió un centro por alto de Eranio, pero ligeramente atrás, el ariete dio la espalda a Ravelli (de apellido italiano, pero nacionalidad sueca), saltó y en el aire impactó el balón de chilena. El arquero rozó el balón pero no consiguió sacarlo. Marco acababa de lograr el gol más bello de esa edición de la Copa de Campeones.

Pero la chispa de Van Basten seguía encendida. Jugaba como si los tobillos no fueran de cristal y sí de plomo bañado en oro. Cada gesto hacía salivar a San Siro como si fueran perros de Pavlov. Rijkaard condujo por el carril central el balón, buscó a Marco, que estaba quieto a tres metros de la frontal y de espaldas, en la soledad de la muchedumbre. El Cisne recibió, se orientó y picó el balón como si lo diera con la mano por encima de la defensa. El control de Rijkaard fue malo y la reacción de los defensas rápida, pero inexacta, el balón quedó saludando a Van Basten, que lo recogió, lo pisó, regateó a Ravelli mientras sonreía y empujó el balón a puerta vacía. El holandés acababa de firmar cuatro goles en el estreno de la Champions League en Milán. Él era Marco Van Basten y había colocado un soneto exacto en consonante donde la historia decía que pegaba un verso asonante y discreto. Se había vuelto a salir del guión del talento y esto tendría consecuencias.

 

“Berlusconi me ha robado el Balón de oro”, cuenta la leyenda, y no parece más que eso o una confesión privada, que dijo Stoichkov cuando se enteró de que su liderazgo indiscutible en la selección y en el Barça campeón de la última Copa de Europa (con ese nombre) no era suficiente. Él moría de ganas, pero France Football anunció que era Marco Van Basten el ganador de su tercer Balón de Oro. Nadie sabía que sería el último, pero aquella temporada el Milan, tras ganar todos sus partidos en competición europea, perdió la final contra el insulso Olympique de Marsella (1-0) construido a base de orden, pulmón y mucho dinero. El partido de Van Basten sería un desastre; ya llegaba lesionado y el dolor le impedía moverse. Pero la tempestad llegó después de la calma para contradecir el refrán.

La noche contra el Göteborg había girado todo. Las votaciones estaban claramente inclinadas e incluso el propio Van Basten daba por sentado que Stoichkov ganaría el Balón de Oro. “No se votaba fuera de Europa, no se veía apenas fútbol fuera de Europa, no se veía el fútbol que se ve ahora…”, explica a El Enganche Francesc Aguilar, periodista y único español partícipe de la votación al Balón de Oro. Es cierto, Marco Van Basten ganó el Balón de Oro por aquella exhibición a final de año, en plena efervescencia de recogida de votos. Lo ganó por eso y, siendo honestos, por el poder mediático. Berlusconi comandaba la nave mediática de Italia y expandió los goles de su hombre (Il Cavaliere llegó a la par que Van Basten; uno mandaba en los despachos y el otro en el campo). Los goles de Van Basten corrieron como la pólvora por Europa y la desmemoria del fútbol unida al carácter de Stoichkov y el brillo colectivo del Barcelona, decidieron la votación. El mejor jugador del Barça era su equipo consideraron muchos; el del Milan, Marco van Basten. Aquella exhibición no se repitió en escenario, aunque el Cisne repitió goles de una sentada como si fuese cosa de masticar chile, algo automático.

A Stoichkov le costó un enorme enfado y casi una depresión. El galardón estaba en su mano y él lo sabía (“Dime, dime, ¿está ya la votación terminada?”, preguntaba el búlgaro, según cuenta Aguilar), pero la pólvora televisiva de Silvio (“¡Me lo ha robado Berlusconi!”) había convertido a Van Basten en espuma. Hasta tal punto que sentencia Francesc Aguilar: “Ahora, con la cantidad de información que recibimos, Van Basten no hubiera ganado aquel Balón de Oro”. La Ley de la Gravedad, a grandes rasgos, se basa en que todo lo que sube, baja.

Aquel prometedor inicio de 1993 se quedó en el limbo cuando su tobillo, después de numerosos avisos en forma de dolores y molestias, hizo click. O clack. O pum. Quebró. Después de un partido contra el Ancona, Van Basten paró y el infierno comenzó a cruzarse en el camino del paraíso. La final de la Champions fue para olvidar, el año siguiente para no recordar, Van Basten no pudo disputar el Mundial y, finalmente, en 1995, sin apenas disputar más minutos desde la derrota contra el Marsella, Marco abandonó. Tenía 30 años, una edad perfecta para haber hecho historia.

“La persona que más dañó mi tobillo no fue un jugador, sino un cirujano”, explicaba Van Basten después de su retirada. Marco creía en la excelencia y la propia presión le llevó a exprimir su tobillo igual que su cabeza. Esa misma tensión es la que ahora, 19 años después, su corazón haya pedido limpiarse el sudor. Los problemas del corazón le han alejado de la dirección técnica del AZ y ahora Pies de seda no es más que un asistente pegado al fútbol y vigilante de los jóvenes que quieren derrumbar las puertas del primer equipo. Una depresión por la muerte de su padre y los problemas del corazón avisaron de que la exigencia, propia y externa, debía frenar. Como su tobillo frenó en 1993, como toda su carrera devino a la desgracia después de cruzarse la efervescencia del éxito de una noche y un Balón de Oro con otra noche y un click en el tobillo. La vida es un tiovivo.

PALMARÉS:

-Tres Eredivisie con el Ajax (1982, 1983 y 1985)

-Tres Copas de los Países Bajos con el Ajax (1983, 1986 y 1987)

-Tres Serie A con el Milan (1988, 1992 y 1993)

-Dos Supercopas de Italia (1988  y 1992)

-Dos Copas de Europa con el Milan (1989 y 1990)

-Una Recopa de Europa con el Ajax (1987)

-Dos Supercopas de Europa con el Milan (189 y 1990)

-Dos Intercontinentales con el Milan (1989 y 1990)

-Campeón de la Eurocopa de Naciones de 1988 con Holanda

El gol imposible y la Eurocopa

Tocaba verano de Eurocopa y Holanda llegaba con una nómina de fútbolistas excepcional. Además de Van Basten, que llegaba aún con problemas físicos de la temporada, y sus dos compañeros de Milán, la lista la completaban Koeman, Witschge, Van Breukelen… dirigidos por Rinus Michels. Sin duda, partían como favoritos, sin embargo, pesaba sobre el equipo la losa de su falta de carácter. Era la Holanda del buen fútbol pero de las dos finales de Mundial perdidas en los 70, la que aún no había abierto sus vitrinas.

El campeonato no podía empezar de un modo más desolador: derrota con la poderosa Unión Soviética y mucha presión en los dos siguientes partidos del grupo. Presión que Van Basten se encargó de espantar con un hat-trick ante Inglaterra, en el que mostraba su inmenso repertorio técnico y goleador. Una sufrida victoria contra Eire ponía a Holanda en las semifinales frente al anfitrión, Alemania. Tras empezar perdiendo, el equipo remontó al final, con gol de Gullit y del eterno goleador, que aprovechó un balón en profundidad con su inmensa zancada para batir al portero alemán en el 88. Los “orange” se volvían a plantar en una final diez años después de la derrota con Argentina y con Van Basten en un estado pletórico de forma.

El equipo volvía a verse las caras con la URSS. Esa final ya estaba reservada para un genio. Van Basten anotó el único gol del partido, el “gol imposible”. Una volea tras un pase largo de Mühren y que sin apenas ángulo empalmó batiendo a Dassaev. Un gol perfecto que mostraba las mejores virtudes del holandés: elegancia, técnica y gol. Un tanto que daba el primer y único título hasta ahora a su selección y que dejaba una huella indeleble en la historia.

 

 

 

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1 comentario

  1. grande aquel milan repleto de grandes nombres….waoooo, q tiempos!!!!

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