El incierto futuro del fútbol italiano

Balo sí, Balo no, Balo quizás, Balo nunca más. Luego Immobile y Belotti cuando los demás tenían a Lewandowski. Meses, años perdidos tratando lo poco que tenemos, entrando en lo ordinario y en la ausencia de lo extraordinario, exaltando al inestable confiando en la fortuna, confiando el futuro por casualidad más que la persona. Sacchi repite a menudo que “en Italia se lucha por el poder personal, no por el crecimiento del sistema”.

Tiene razón. ¿Quién tiene la responsabilidad de cambiar el curso del fútbol italiano? ¿Quién tiene el poder o mejor dicho la obligación de intervenir? Un nombre, basta uno. No necesitamos a Mancini o Di Biagio para tener la confirmación de los límites vistos por que jugaron en Bolonia. ¿Es posible que estemos obligados a perder tiempo hablando de Balotelli, de la enésima prueba desilusionante de Insigne con la Selección o del perfecto Jorginho (y no siempre) solo en las funciones solicitadas por Sarri?

El viernes solo Chiellini tuvo una dimensión adecuada en los estándares de las mejores selecciones, con sus 34 años y algún defecto. Nadie más, entre los 14 que saltaron al campo, habría podido y podrían aspirar una camiseta de titular en una gran selección. Ni siquiera el bueno de Chiesa, a día de hoy. Más de una década, quizás incluso en quince años, en Italia no se produce un campeón.

Alguien elegido en el campo, no de las portadas de los diarios ansiosos de celebrar alguno a toda costa: solo hace un par de temporadas los colegas hablaban maravillas del pobre Gagliardini, que hace poco que pasó del Atalanta al Inter. ¿Lo vieron el viernes? Absolutamente desaparecido. ¿Qué tendrá que ocurrir, tras no jugar el Mundial, para convencer al bendito responsable del fútbol italiano en imponer ese cambio? ¿Un cambio donde todos estén involucrados, renovando el sistema de formación de jugadores?

Los Zaniolo no van convocados por efecto: todos deben ser campeones, si poseen las dotes, mejorando los fundamentos y el adiestramiento de base, antes de meterlos en las tácticas y en las estrategias más sofisticadas. El jugador es al mismo tiempo arquitecto, geómetra y artesano: no puede hacer menos que las “manualidades” de este último. La mentalidad, la cantera y el centro técnico deben ser cambios por completo.

Desde hace demasiado tiempo que se habla principalmente y sin placer de disputas políticas, de repescas, de garantías, de VAR, de calendarios aplazados a finales de septiembre, de comisarios técnicos y comisarios “estratégicos”, de justicia deportiva a reformar, pero, ¿quién piensa en los jugadores?. Hoy son estos, los internacionales italianos, con estos sabemos que hay que luchar para remediar decentes prestaciones y posiblemente no descender: pero si queremos volver a liderar, recuperando la centralidad internacional perdida, hay que hacer crecer con paciencia los tantos talentos jóvenes que existen, modificando la didáctica e integrarles cuando tengan ocasión de hacerlo bien.

Hace veinte años que el décimo central (décimo por calidad) habría jugado en el 90% de los clubes europeos y mundiales. ¿Por qué hoy eso no ocurre? Porque se ha dejado de enseñar como se está como persona, como se usa el cuerpo sin hacer faltas, como se impide que el rival remate el balón para que consiga gol, como debe anticiparse y cuando debe hacerlo. ¿De qué sirve practicar la diagonal de manera perfecta, si una vez en el contacto con el rival no se sabe qué hacer al respecto?

Italia está condenada al fracaso. Buen mediocre domingo.

Ivan Zazzaroni (Corriere dello Sport)

 

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