Goles son amores: Abismo

por. Aynel Martinez Hernandez

El Inter de Mauro Icardi no es, necesariamente, el Inter de Spalletti. El fútbol italiano vive de las identidades austeras donde casi todos parecen desfilar por un interés común, por un proyecto universalista: el triunfo como causa del propio triunfo. Ese círculo vicioso trae consigo un fundamento pragmático: la victoria es tan imperfecta como las formas de lograrla, pero termina siendo victoria al fin.

Desde el punto de vista de las finalidades, el Inter de Mauro Icardi puede ser el Torino de Iago Falqué y la Juve de Allegri, la Sampdoria de Lucas Torreira. Todo esto tiene que ver con elementos casi tradicionales: la Serie A es, hasta cierto punto, un entramado de equipos análogos donde las maneras se determinan a partir de jerarquías históricas, salvo alguna anomalía como el Milan de Sacchi, quien comentó una vez que los habían copiado en el mundo entero, excepto en su país. Cuestión de conceptos. “En Italia, el fútbol siempre ha sido sinónimo de sufrimiento, nunca de alegría o felicidad. Son las arenas romanas, donde había que ir a morir”, decía.

Valero Rivera, técnico español de balonmano citado hasta la saciedad por Guardiola, consideraba que lo difícil no era ganar, sino volver a ganar. A partir de ese objetivo específico, aunque quizás parezca paradójico, puede que el deporte haya comenzado a ser menos deporte. Cuando ganar se convirtió en una persecución psicótica, aparecieron entonces los empates, una variante mesurada de la exaltación y la ruina. En el caso de Italia, por ejemplo, a veces gana quien mejor detenga la fluidez del contrario (en el Inter-Juve del sábado pasado, los de la Vecchia Signora cometieron quince faltas) y quien mejor distribuya el físico a través del tiempo, que es algo menos que una magnitud sincrónica.

Con uno de menos por la expulsión de Vecino, el Inter consigue remontar el 1-0, anotado por Douglas Costa. Empata Icardi, de cabeza, tras tiro libre desde la derecha, cobrado por Cancelo. Se ponen delante con autogol de Barzagli luego de un centro raso de Perisic. A seis del final, Spalletti introduce a Santon, lateral, por Icardi. Iguala la Juve por gol en propia puerta de Skriniar y, a dos para que culminase el partido, Higuaín cabecea un centro de Dybala. Spalletti hablará más tarde, en la conferencia de prensa, sobre el cambio del ‘9’ por un defensor. Dará una justificación obvia y somnífera. Allegri recubrirá el mal juego de los bianconeros a partir de los méritos del rival: un discurso eminentemente populista.

El derbi de Italia fue el símbolo porfiado de una agonía nacional. La Juve es, a ratos, un equipo poco lúcido; el Inter es capaz de todo por mantener el estado de cosas: el triunfo momentáneo es, en resumen, también una especie de triunfo. Cada partido del Calcio es tan antropológico como las indicaciones de un entrenador sobre la banda: las mímicas para ordenar defenderse explican necesidades arraigadas. Cada partido del Calcio parece un pasaje breve de aquel libro de Jack London sobre la vida en el East End de Londres: “en la mesa, en medio del desorden, yacía una hoja de papel en la que se leía: Mr. Cullen, por favor devuélvame la jarra blanca y el sacacorchos que le presté… Eran objetos que le había prestado una vecina al principio de su enfermedad y que ahora reclamaba ante la proximidad de la muerte. Una jarra blanca y un sacacorchos son demasiado valiosos para que una criatura del abismo deje morir a otra en paz”.

Tomado de Cubadebate.

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1 comentario

  1. PARA MI EL PILAR DEL EQUIPO FUE SKRINIRA, Q PEDAZO DE CENTRAL, PO DIOS, EL PARTIDO Q TUVO EL SABDO VS LA JUVE FUE MONUMENTAL

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